martes, 23 de julio de 2013
Café cargado...
Un día dijo que no sabía si enamorarse o tomarse un café, puesto que quería sentir algo en el estómago, pero solamente de alguien que mereciera la pena... y la alegría.
Indeciso y con el corazón aturdido, lo acompañó el olvido.
Pasaron las horas, los días, los meses y los segundos se le escaparon de las manos.
Tenía un caos mental tal, que cada vez se estaba perdiendo más y más.
Con el tiempo se fue curando y realmente sus cicatrices fueron sanando.
Cuando realmente estaba recuperado, comenzó a confiar, y creyó descubrir uno de los corazones que valía conservar.
Al principio no se hablaban. Pero podían descifrar lo que sentía el otro a través de las punzadas de las miradas esquivas que se lanzaban.
Esas punzadas que le quitaban la vida, pero a la vez se la obsequiaban.
En verdad le encantaban.
No se atrevían a mirarse, pero al final sus miradas se cruzaron.
Realmente no sabe que fue, si suerte o destino; si azar o atino...
Pero finalmente decidió tomarse un café con ÉL.
Decidió apostar, confiar, y entonces dijo...
"Un café cargado, un café cargado para dos"
Y ahora sólo espera; que el café no le termine sabiendo amargo...
jueves, 11 de julio de 2013
El pasado siempre llama dos veces...
Me resulta imposible quitarme el sabor amargo de la boca al pensar en ciertas cosas.
También me resulta imposible escribir con las manos heridas. Con el alma herida.
El ayer no existe como presente, pero si existe como parte de nosotros mismos; la mejor prueba es como nos amarga, a cada uno, con las vivencias del pasado.
Una cosa es negar el pasado y otra (mucho más grave) es vivir en él.
En realidad el pasado vive en cada uno, en la medida (y trascendencia) que cada quien le otorga; sólo nosotros somos responsables de la importancia que asignamos a hechos tales.
Lo cierto es, que si pudiéramos internalizar, sufriríamos mucho menos por lo que nos pasó, juzgaríamos menos al pasado y a las personas del pasado.
Seríamos libres. Livianos
Las actitudes del presente son muy reveladoras. Cotillean el pasado al oído.
No importando, hay un hecho que ni la más profunda retórica podría ocultar. A veces un segundo basta para marcar por la eternidad.
He lastimado a tanta gente. Hay tanto conflicto. Tanto dolor.
Shakespeare dijo que el hombres es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.
Bien, hace ya mucho que yo elegí ser esclavo de mis palabras, si, pero también he elegido callar al silencio...
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