Querido... Sujeto:
¿Qué es lo que ves desde el otro lado del cristal que se comprime y se deforma entre nosotros?
Desde aquí compartimos noches guiadas por Alicia, entre jardines gigantes y rosales descoloridos; paseamos con pinceles pintando pétalos de violeta, rojo y amarillo.
Hicimos volar los tarros mientras llovía, y las pinturas se mezclaron con el agua y la gravilla; las flores se abrieron al arcoíris líquido, mientras cerrabas mis labios con un beso.
Me senté en el balcón, viendo los rayos del sol por sobre la cordillera; y se colaban por entre la bruma como si fueran los brazos del mismísimo Dios, cobijando a quienes como yo, tuvieran la dicha de estar despiertos durante la madrugada.
Eran noches de caricias y amaneceres abruptos, en dónde como siempre, estiraba la mano hacia un costado y no estabas.
Había despertado ya. Y todo había sido un sueño.
¿Qué ves desde el otro lado del cristal que se arruga sin romperse entre nosotros?
Desde aquí no hago más que contemplar una silueta burlesca; otra vez, tras tanto tiempo. Y me derrumbo a los pies de la muralla que no me deja ver quién se oculta más allá.
Pero de las lágrimas brota fuego, y el fuego se cuela por mi boca, por la garganta seca y hasta el pecho, y el fuego arremete contra el cristal de nuevo. Nada.
No sé exactamente si ríes, si lloras, o si tienes un rostro siquiera; sólo sé que ahí estás, constante tras el cristal que golpeo hasta sangrar.
Y hasta que ceda, y reviente en una lluvia de diamantes mientras mis manos se enguaten en profundo carmesí, no pararé.
Hasta entonces, adiós... Sujeto.

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